Un arriesgado aguinaldo 14 diciembre 2025 Categoría: Tribunas opinión Algo importante está cambiando en Japón cuando, tras más de treinta años luchando contra la deflación, la mayor preocupación entre las familias ha pasado a ser la subida de precios. Sin ir más lejos, este año el otoshidama – una tradición para celebrar el Año Nuevo mediante la que padres y abuelos regalan unos cuidados sobres con una simbólica pero relevante cantidad de yenes dentro –, va a tener que ser bastante generoso para compensar el aumento del coste de la vida. En los últimos tres ejercicios, la inflación ha aumentado a ritmos promedio del 3% y seguirá tensionada por la continua depreciación de su moneda – el yen se ha dejado más de un 40% frente al dólar en el último lustro y cotiza en mínimos frente al euro –, lo que encarecerá las ineludibles importaciones de energía y alimentos del país. La divisa no es lo único que pierde valor a pasos acelerados. La deuda pública nipona se desvaloriza en picado y los tipos exigidos al Gobierno para financiarse no paran de subir: a 10 años se acercan al 2%, tasa no superada en más de 25 años. Tendencias que, si bien llevan tiempo gestándose, se han visto intensificadas recientemente tras el anuncio de estímulos fiscales de la nueva primera ministra Takaichi. Paulo Gonçalves es Analista Senior de Estrategia de Mercados de Banca March Preocupada ella también con la inflación, trató de diseñar un plan que atendiera el descontento de las familias, pero también impulsara industrias estratégicas. Las medidas contempladas van desde aumentar el gasto en defensa al 2% del PIB, reducir el impuesto sobre la gasolina hasta la entrega directa a las familias de 20.000 ¥ por niño. En conjunto, este será el mayor plan de gasto público desde la pandemia, movilizando un 3,5% del PIB. Una suerte de aguinaldo, necesario para dinamizar su economía, pero que llegará en un momento arriesgado. Con una deuda pública que supera el 230% del PIB, la mayor entre todas las economías desarrolladas, y un Banco Central que debe continuar subiendo los tipos para frenar la inflación, la carga del pago en intereses seguirá elevándose y las dudas crecen en los mercados. La nueva mandataria, bajo su lema “expansión fiscal responsable”, atraviesa un periodo en el que no puede renunciar a nuevos estímulos – el PIB cayó un 2,3% en el 3T –, si bien deberá hacerlo dentro de un marco que mantenga la confianza del mercado y, sobre todo, que no impida una normalización de la política monetaria ni una estabilización de su divisa. En este sentido, la reunión del Banco de Japón del próximo viernes – la última del año entre las grandes autoridades monetarias –, ganará protagonismo. A diferencia del BCE o la Fed, la autoridad monetaria nipona tiene establecido por Ley que debe buscar una coordinación con su gobierno asegurando coherencia entre la política monetaria y la política económica general. A pesar de ello, esperamos que en esta ocasión no ceda a presiones y mantenga su ruta, aplicando una nueva subida de los tipos oficiales hasta 0,75%, tasas que en Japón no se veían hace 30 años. La coordinación entre políticas fiscales y monetarias es fundamental, pero solo será premiada por los mercados si es resultado de que ambas persigan sus mandatos de manera “independiente”. Un principio que hasta hace poco parecía ampliamente aceptado entre las economías desarrolladas y que sería arriesgado volver a testarlo. Artículo publicado en La Vanguardia