La Fed y el precio de la independencia 26 abril 2026 Categoría: Tribunas opinión La nominación de Kevin Warsh para presidir la Reserva Federal –Fed– no es solo un relevo en la cúpula del banco central más importante del mundo. Es, sobre todo, una prueba de estrés para una institución cuya principal divisa no es el dólar, sino la credibilidad. En un momento en el que la administración Trump reclama tipos más bajos frente al 3,50%-3,75% actual, crecimiento inmediato y mercados satisfechos, la pregunta decisiva es si Warsh logrará convencer al mundo de que la Fed seguirá pensando a largo plazo. La independencia de un banco central suele parecer una cuestión abstracta, reservada a los economistas y operadores de mercado. No lo es. Es una de las pocas barreras que protegen a la economía de la tentación política de comprar bienestar presente con inflación futura. Cuando un banco central pierde autonomía, los tipos de interés suelen dejar de ser una herramienta de estabilidad y empiezan a convertirse en un instrumento más del calendario electoral. Pedro Sastre es Analista Senior de Estrategias de Mercados de Banca March El candidato de Trump representa, además, una paradoja interesante. Por un lado, puede presentarse como un reformista dispuesto a devolver a la Fed a su mandato esencial: estabilidad de precios, pleno empleo y prudencia monetaria. Durante los últimos años, los bancos centrales han tendido a pronunciarse sobre demasiadas materias, desde el clima hasta la desigualdad, corriendo el riesgo de diluir su función principal. En este sentido, una Fed más sobria, menos expansiva en su ambición institucional y más centrada en la inflación sería una buena noticia. Pero, por otro lado, Warsh llega impulsado por una Administración como la de Trump que no ha ocultado su preferencia por tipos más bajos. Y ahí reside el verdadero examen, ya que no basta con proclamar independencia en una comparecencia parlamentaria –prometió entre otros aspectos vender activos propios para evitar conflictos de interés–. Un presidente de la Fed no será creíble porque prometa agradar a los mercados, sino porque está dispuesto a decepcionarlos cuando la estabilidad de precios lo exija. También el balance importa. La Fed aún opera con un balance de 6,7 billones de dólares (21,4% del PIB), lejos de los 9 billones vistos en 2022, pero todavía el doble de la media de las últimas tres décadas. Reducir ese volumen no es baladí: afecta a la liquidez del sistema, al coste de financiación del Tesoro y al futuro margen de actuación de la Fed. Warsh deja entrever que ahí quiere imprimir dirección, incluso revisando cómo se mide la inflación subyacente. Esta es precisamente la frontera delicada: modernizar sin sesgar, mandar sin obedecer. La nominación de Warsh debe leerse menos como una quiniela personal y más como una prueba institucional. La economía mundial ha aprendido en los últimos años que la inflación no es una reliquia del pasado y que la confianza no se decreta, sino que se gana. Y que la credibilidad de un banco central tarda décadas en construirse y puede deteriorarse en cuestión de meses. El verdadero precio de la independencia se paga cuando esta resulta incómoda, y la clave de su elección será la de convertir una nominación políticamente incómoda en una presidencia institucionalmente respetable. Bajo esa premisa de estabilidad, desde nuestro pupitre nosotros no vemos subidas de tipos en EE.UU. pese al conflicto iraní; es más, no es descartable alguna rebaja a partir de septiembre, si la situación se normaliza y el ciclo aguanta. Veremos si se cumple. Artículo publicado en ABC