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11/02/2018

Donald Trump y los objetivos conseguidos: ¿no hay dos sin tres?

La victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2016, más o menos sorprendente, y la mayoría republicana con la que contaba en ambas cámaras, hacían presagiar una importante etapa de creación legislativa con la que dar forma a sus promesas electorales. Al fin y al cabo, su buen hacer quedará reflejado por el número de leyes refrendadas.

Los inicios de Donald Trump al frente del país más poderoso del planeta, sin embargo, no fueron nada halagüeños. En efecto, el cuadragésimo quinto presidente de EE.UU. comenzaba su mandato con el objetivo declarado de echar por tierra la reforma sanitaria aprobada por su antecesor, Barack Obama. Su plan fracasa por una razón de peso: no contar con apoyos suficientes dentro de las propias filas republicanas.

Las tornas cambiarían casi un año después de su llegada al poder. Así, y tras varios intentos fallidos y duras negociaciones, Senado y Congreso daban luz verde en diciembre a la reforma fiscal más ambiciosa en treinta años. Entre las principales medidas aprobadas, la rebaja de impuestos a empresas y familias o unas condiciones más atractivas para la repatriación de dividendos que las grandes corporaciones estadounidenses mantienen en sus filiales en el extranjero.

El éxito de la reforma dependerá de que la economía del país, en un momento del ciclo ya maduro, pueda compensar los 1,5 billones de dólares que las arcas federales dejarán de ingresar en la próxima década con un mayor dinamismo económico a través de la renta disponible liberada. Las recientes previsiones económicas de organismos como el FMI, que sitúan el crecimiento de EE.UU. en niveles próximos al 3%, en línea con su crecimiento potencial previo a la crisis, avalan el empeño del presidente en sacar la reforma adelante.

La segunda “victoria” de Trump hace referencia a la alianza entre republicanos y demócratas para aprobar el presupuesto federal de los próximos dos años. El acuerdo cerrado esta semana, no exento de emoción y que incluyó un nuevo mini-cierre del Gobierno federal -el décimo desde 1980-, pone el énfasis en los presupuestos de Defensa e Infraestructuras.

El primero, piedra angular del discurso de Trump en aras de fortalecer la seguridad nacional, se incrementará en 165.000 millones de dólares durante este periodo. Por otro lado, la necesidad de acometer nuevas inversiones en infraestructuras quedará en parte aliviada con una partida inicial de 20.000 millones de dólares.

Supone, por tanto, un nuevo triunfo de las tesis republicanas, avaladas por Trump y que han prevalecido frente a las demandas demócratas, más centradas en incrementar el gasto social y solucionar el limbo de los dreamers, inmigrantes que llegaron a Estados Unidos siendo niños y en situación ilegal. Además, y por si fuera poco, el acuerdo incluye la extensión del techo de la deuda del país hasta marzo del año que viene, eliminando en el corto plazo la incertidumbre vivida años atrás durante el mandato de Obama por la misma cuestión.

Poco parece importar el impacto negativo que ambas medidas, reforma fiscal y nuevos presupuestos, tendrán en el déficit público del país y que estimaciones iniciales sitúan en unos 1,4 billones de dólares a repartir en los próximos años. Cifra a añadir a unas cuentas públicas poco saneadas, tras cerrar 2017 en niveles de déficit público del 3,5% y deuda del 105,1%.

El nuevo objetivo a corto plazo de Trump, quizás, sea el de tranquilizar a las bolsas tras las primeras caídas importantes vistas en bastante tiempo. Buenos fundamentos macro y micro serán sus mejores aliados, aunque tendrá en frente a un poderoso enemigo, sin voto, pero con voz: la volatilidad.  

Pedro Rafael Sastre Jiménez, Analista Senior de Estrategia de Mercados de Banca March.

Artículo publicado en La Vanguardia.

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